
Canicas en el Cielonúmero 3 Luis Felipe Figueroa Perea |
Mariano era en ese momento el niño más feliz de todos los niños. Llevaba en sus bolsillos el más grande de los tesoros que pudiese imaginar. Se trataba de decenas de canicas multicolores que lo hacían sentirse el más afortunado de sus amigos, y no era para menos. Desde sus primeros años el bote de canicas debajo de la cama era su secreto mejor guardado. Las luminosas agüitas, los coloridos tréboles y las imponentes bombochas se habían convertido a esa edad, a sus escasos siete años, en una de sus razones de vida.
Hasta entonces, despertar para Mariano todos los días y cerciorarse que las canicas seguían ahí donde las había dejado, era seguramente la mejor forma de comenzar el día en su pequeño mundo.
Nunca recordó bien cómo fue que nació en él esa extraña relación con las bolitas cristalinas; de lo que siempre estuvo seguro, es que a partir del día que llegaron a su vida nunca más habrían de salir de ella.
Mariano disfrutaba como nadie jugar a las canicas. Le encantaba hacer “chiras pelas” o tirar de “uñita” o de “huesito” o “altas, desde su rodilla y bien paradas”…apostar al centro de un gigantesco círculo pintado en el piso, sus mejores ejemplares…le fascinaba el reto que representaba ganarle a chicos más grandes que él y aumentar así su interminable y celebrada colección. Y es que sus canicas eran por mucho las más bellas del barrio…y de muchos barrios. Todos los días las metía a una cubeta con jabón y las enjuagaba con especial dedicación hasta hacerlas brillar como pequeños diamantes. A las que presentaban alguna abolladura o estaban descarapeladas, las retiraba de circulación y las guardaba en una cajita como si se tratara de héroes caídos en batalla.
Antes habían tenido que rodar y brincar y chocar con otras canicas en los terrenos más diversos que pudiesen existir, lo mismo entre piedras que en banquetas o en medio de la tierra mojada, donde la habilidad de Mariano para meter la canica en el hoyo era la envidia de cualquier golfista consagrado.
Sus pantalones con enormes agujeros en las rodillas eran prueba evidente de que el mundo para él tenía que ser a ras de piso. Esto hacía de las canicas, según su forma de pensar, el más democrático de los juegos. Ni más ni menos. Porque arrodillados todos en la tierra no existían para él clases sociales, eran todos iguales sin mayores pretensiones, más que las de gozar de su mundo multicolor.
Mariano disfrutaba de la sencillez de las cosas y del contar noche a noche en su cama, todas y cada una de las canicas que formaban parte de su mayor riqueza.
Así transcurrió su vida. Sus años de juventud no disminuyeron en él su pasión por las canicas. Cuando cursaba la preparatoria traía siempre en la bolsa del pantalón alguna de sus preferidas y no permitía que nadie la tocara.
En ocasiones, cuando se sentía solo, sacaba su canica y la lanzaba al aire mientras hablaba en voz alta como si esta la escuchase. El sabía que ninguna de sus canicas podría traicionarlo.Con el tiempo comenzó a interesarse en el diseño. Era una carrera que le permitía mantener viva su pasión por las canicas. En sus ratos libres hacía vistosos diseños que lo remontaban a sus años de niño, cuando se pasaba horas tratando de imaginar cómo metían los tréboles a las canicas y porque las bombochas o las bombonas, como les decían otros, tenían ese poderío para de un golpe sacar a dos y hasta tres canicas del círculo. Eran como las generalas del ejército.
Un día Mariano se dió cuenta que sus mejores amigos seguían siendo sus canicas. Que los niños del barrio habían crecido y se habían olvidado de seguir jugando con ellas. El no podía entender porque la vida era así. Porque lo que los había hecho tan felices, ahora era únicamente parte de sus recuerdos.
Ese día también supo que aunque estuviera solo sus canicas nunca lo iban a abandonar. Y es que para él cobraban vida cada noche cuando conversaba con ellas. Casi todas tenían nombre: Chiquita, Agüita Azul, Bombarraca, Treboliina, Minimini, Floripodia, La Cansada, La Suertuda, El Recoveco, Maricopa, Azucena, La Trenzuda, La Nana, Fortachón, La Malquerida, La Bienamada, Bugambilia y muchas más.
Al final de la historia…cuando Mariano era ya un hombre maduro que no había logrado entablar una relación duradera con ninguna mujer, ya que pensaban que su obsesión por las canicas rayaba en la locura, era, a pesar de su soledad, un hombre feliz. En ocasiones pensaba que de haberse casado, en lugar de 12 arras le hubiera dado a su esposa 12 canicas como símbolo de la abundancia en su vida, porque para él eso representaban.
Su familia hacía tiempo que ya no veía por él. Sus hermanos tenían sus vidas hechas. El, sin embargo, no encontró razón suficiente para olvidarse de su bote de canicas debajo de la cama. Su sueldo de conserje en un edificio le resultaba suficiente para conservar lo que tenía y que lo hacía inmensamente feliz.
Paradójicamente, falleció un día que sin querer resbaló y se pegó en la cabeza al pisar una canica que había olvidado en el piso. Creo que no había mejor manera para despedirse de este mundo. Cuando lo encontraron, dos días después de su repentina desaparición, tenía las bolsas de su viejo chaquetón color gris llenas de brillantes canicas…de amorosas canicas que lo acompañaron la vida entera y con las que hoy seguramente sigue jugando con su inolvidable sonrisa y su pantalón roto, trepado en las nubes de su inocencia.
Hasta siempre Mariano…y chiras pelas, mi buen "Canicas”.