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Democracia sexual, psicoanálisis y biopoder*

“Yo como padre, quisiera ser madre soltera . . . “

número 4
año 4, 2006
Sección: en el psicoanálisis

Ana Patricia Cabrera
Psicoanalista

* Ponencia presentada en la discusión del artículo de Eric Fassain, Democracia Sexual y biopoder.


Hay elementos sugerentes en el trabajo de Fassin, sobre todo en relación a la complejidad que entraña la discusión sobre la construcción de una lógica democrática –principalmente en relación a lo sexual-, en este peligroso ir y venir entre lo público y lo privado, tema importante para nosotros que estamos estrenando o queremos estrenar, un lugar en la democracia.

Como nuevos en este asunto, me parece importante ir pensando como lo privado es colocado en el lugar de la discusión únicamente cuando se vuelve público. Y es entonces cuando las normas que fueron en un tiempo socialmente construidas en torno a ello, pueden ser  analizadas, criticadas, y hasta negociadas para modificar su orden.  Como esos eventos que una vez fueron privados, se pueden hoy nombrar, contar, compartir, ya no como penas individuales sino como hechos sociales (la desigualdad sexual, la violencia de género, la discriminación, el aborto. . .), y que requieren de nuevas propuestas sociales para su solución.

Los hechos privados al ser expuestos en lo público corren el peligro de ser politizados a tal grado de ser descontextualizados y utilizados en contra de algún grupo social, construyendo una vez más, una norma (como el ejemplo de la Invasión de E.U. a Afganistán y la posibilidad de utilizar como pretexto la liberación de las mujeres del yugo musulmán).

Al mismo tiempo, vemos el poder que ejerce la ciencia en relación a temas vinculados con la sexualidad, destacando la popularidad de estudios científicos sobre las bases biológicas de la sexualidad, derivados en parte del auge del proyecto del genoma humano. D.Hammer (1994) por ejemplo,  en un libro llamado “La ciencia del deseo: la búsqueda del gen gay y la biología de su conducta”, dedica sus esfuerzos a identificar las bases genéticas responsables de la homosexualidad.  S. Levay (1995) en un libro llamado “Ciencia Queer”, define la homosexualidad como un conjunto de características atípicas de género o fenotipo psicológico constituido por estructuras cerebrales, patrones dermatológicos específicos, además de todo un conjunto de rasgos de personalidad1 .

Pareciera también, que además de la dificultad y peso que entraña la discusión política sobre lo antes privado y ahora público, se requiere tener una imagen certera de todas esas “peligrosas respuestas sexuales humanas” para proponer, en este moderno mundo cibernético y globalizado:  amor, filtreo y travestismo virtual en red: placer inmediato y seguridad garantizadas.

Pareciera también que el cuerpo y su materialización se consideran cada vez más como un obstáculo y al mismo tiempo, jamás fue el sexo tan estudiado, codificado, medicalizado, expuesto, medido, peritado.

Finalmente, podríamos decir que una parte del peligro de este proceso es que el acceso a la igualdad de derechos en materia de prácticas sexuales para las mujeres, los niños y los homosexuales, tiene como corolario la necesidad de convertir estos cambios también en una norma, diluyendo el peso del individuo como sujeto único, en un contexto socio-histórico particular y en continua transformación.

Y  en este sentido, el ejemplo tan citado en relación a estos cambios, se expresa en las respuestas sociales en torno a  lo que ha sido, lo que es, lo que será y lo que debe ser la estructura familiar. Elizabeth Roudinesco en su libro La familia en Desorden2 , señala que  “lo que perturba a los conservadores, ya no es la impugnación del modelo o de la norma, en este caso la que tiene que ver con la familia, sino, al contrario, la voluntad de someterse a ella. Excluidos de la familia, los homosexuales de antaño eran al menos reconocibles, identificables, y se los marcaba y estigmatizaba. Integrados, son más peligrosos por ser menos visibles”(…)

Y añade: “De allí el terror, del final del padre, de un naufragio de la autoridad o de un poderío ilimitado de lo materno, que ha invadido el cuerpo social en el momento mismo en que la clonación parece amenazar al hombre con una pérdida de su identidad”3 .

El psicoanálisis teoriza sobre estos cambios, no defiende ningún dogma, no está en su naturaleza; más bien quiere saber y nombrar lo que sucede con los lugares y funciones en las constelaciones familiares que se están construyendo en la actualidad.

 

El psicoanálisis, ¿normalizador? 

Es frente a esta problemática, que el psicoanálisis propone un espacio de reflexión critica. Y más que pensar en él como un agente normalizador o defensor de dogmas, como lo hace Fassin, la discusión sobre las normatividad de lo privado, nos abre a la pregunta  ¿es posible el psicoanálisis dentro o desde cualquier  normatividad?

Para Freud y para el psicoanálisis actual, el sujeto y la sociedad se constituyen dialécticamente, como estructuras esencialmente atravesadas por el conflicto y en ese sentido son irreductibles a toda adaptación o equilibrio.

Freud y sus primeros discípulos intentaban cambiar al hombre, no por medio de una revolución social, sino por un despertar de la conciencia: el despertar de una conciencia capaz de admitir que su libertad pudiera estar vinculada con el destino del sueño, del sexo y del deseo, con el destino de una razón vacilante4 y  con una nueva ciencia del inconsciente.

La emergencia de nuevas condiciones sociales y culturales influyen profundamente en la creación de una nueva subjetividad y en la expresión de sus síntomas: la fractura en los vínculos sociales, las modificaciones en los ordenamientos simbólicos de la familia, los profundos cambios en las relaciones de los sujetos con su cultura impuestas por las migraciones, pero también por la importación de valores culturales de sociedades con contextos sociales y económicos distintos a los nuestros, son al tiempo, origen y efecto de los malestares actuales y de sus manifestaciones clínicas. En efecto, estamos cambiando, de tiempo y de sociedad, un mundo desaparece y otro emerge sin que exista un modelo preestablecido para su construcción.

 

“Yo como padre, quisiera ser madre soltera”5 .

¿Declinación de la función paterna? 

Siguiendo a Foulcault6 , el psicoanálisis surge cuando la institución familiar se transforma; fundamentalmente cuando se cuestiona su orden, su ley, el patriarcado. Al quedar vacío ese espacio, el psicoanálisis trata de dar cuenta tanto del origen de ese cambio como de sus consecuencias.

En efecto, afirma Roudinesco, Freud no pretende la restauración de la tiranía patriarcal, ni la transformación del patriarcado en matriarcado, ni la exclusión de eros, ni la abolición de la familia.  La orientación escogida por Freud para que el mundo admitiera la universalidad de una llamada  estructura edípica del parentesco, no sólo pretende dar cuenta de la naturaleza inconsciente de las relaciones de odio y amor entre los hombres y mujeres, entre las madres y los padres, entre los hijos y los padres y entre los hijos y las hijas, sino que recentra el antiguo orden patriarcal, ya deshecho, alrededor de la cuestión del deseo.7 Es decir, le interesa saber cómo circula el deseo en esa constelación familiar.

En 1955, Lacan trabajando sobre este tema, designa a la función paterna con un significante: lo nombra “Nombre del Padre”, este significante juega como metáfora y motor esencial en la estructura edípica. Esta función, “Nombre del Padre” será la representante de ese padre simbólico de los orígenes, será el representante del padre que funda la ley y el deseo, limitando el goce8 .

Así en las constelaciones familiares actuales, existe ese espacio simbólico –función paterna, nombrada “Nombre del Padre” en Lacan-, cuyo trabajo será el de ordenar, estructurar a sus integrantes, en otras palabras, otorgar un lugar: -el lugar de los hijos respecto a los padres, el lugar de los padres, el lugar de pareja- es decir, dar un reconocimiento simbólico a cada uno de ellos.

Esta función es realizada por quien ejerza la función paterna en la constelación familiar, ya sea heterosexual, homosexual o inclusive monoparental.

En la actualidad ya no es suficiente un llamado, nostálgico por cierto, a un  padre real, a una figura autoritaria que ponga orden –que por cierto es un llamado que se hace hoy en muchas instituciones: “!Queremos líderes que pongan orden!”-. No es ese tipo de orden el que requiere el sujeto.

Se requiere de un orden que dé sentido a su universo, un orden que nombre, que de lugar entre los sujetos y entre las generaciones, un orden que permita la vinculación entre las cosas y sus significantes, a través de la palabra.

En una estructura social como la nuestra, podemos encontrar, no en gran cantidad sin embargo, padres heterosexuales u homosexuales que se corresponsabilizan de la constelación familiar y donde las funciones paterna y materna puedan distinguirse y que nos hablan de la creación de nuevas funciones edípicas, que destituyen a  las pasadas.

Sin embargo, lo que más encontramos son padres ausentes por diversas causas, madres solteras, padres solteros, y sintomatologías clínicas con nuevas representaciones.

En efecto, también los cuadros clínicos van cambiando. El psicoanálisis se ha adentrado a teorizar sobre enfermedades psíquicas como anorexias, bulimias, toxicomanías, que nos hablan de una clínica diferente, en este caso, una clínica del vacío, retomando a Recalcati9 , que tiene que ver precisamente, con los cambios de la función subjetivamente estructurante del Edipo que pone en cuestionamiento las definiciones de la madre, del hijo, del padre, de la mujer y del hombre y en algunos casos, con la ausencia de la función que ordena en la constelación familiar.

Al tiempo que las nuevas manifestaciones de los espacios privados se vuelven públicos y que las normas antiguas se cuestionan, las parejas discuten, negocian actividades que han sido ejecutadas tradicionalmente por uno de los miembros de la familia, como por ejemplo, el maternaje: el enunciado“. . .yo como padre, quisiera ser madre soltera . . . porque los padres usualmente no tienen posibilidades de estar tan cerca de los hijos como una madre, y soltera porque es muy difícil negociar ese espacio con la pareja. . .”, nos habla , desde el psicoanálisis, de la posibilidad de construir nuevos espacios a través de la palabra; de la creación de diferentes ordenamientos en las nuevas constelaciones familiares y no necesariamente de patologías. Nos habla también, de cómo se están discutiendo las antiguas normas en estos nuevos espacios de la democracia sexual de la que nos habla Fassin.

Como sociedad estamos construyendo un nuevo orden simbólico cuyos efectos en la subjetividad los estamos viviendo a través de los síntomas actuales y de las nuevas propuestas a negociar en el orden de lo privado; un nuevo orden simbólico que requiere de un psicoanálisis abierto a las nuevas discusiones, atento a los peligros de la normativización, de los que nos habla Fassin; un psicoanálisis que deberá considerar el lugar del niño en las nuevas formas de organización familiar y social, pero sobre todo, un psicoanálisis sin infatuación.

 

1 Guasch Oscar y Olga Visuales eds. Sexualidades. Diversidad y control social. Ediciones Bellaterra S.L. 2003 Barcelona.

2 Roudinesco, E. La familia en desorden. FCE 2003.

3 Ibíd. Pág. 10

4 Ibíd. Pág. 29

5 Enunciado de un analizando de 33 años que trabaja sobre su paternidad.

6 Foucault; La voluntad de saber. Historia de la sexualidad Vol. I.

7 Diversos autores han trabajado las interpretaciones sobre la declinación del padre, o el papel del padre en Freud y Lacan, entre otros: Fleischer Déborah; “Clínica de las transformaciones familiares”. Grama Ediciones, Buenos Aires, 2003. Zafiropoulos Markos; “Lacan y las Ciencias Sociales. La declinación del padre” (1938-1953) Nueva Visión. 2001. E. Roudinesco E. “La Familia en desorden”. FCE.,

8 Rabinovitch Solal; Escrituras del asesinato. Freud y Moisés: Escrituras del padre3.

9 Recalcati Máximo; Clínica del vacío. Anorexias, dependencias, psicosis. Ed. Síntesis. 2003.

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